Un relato autobiográfico explora cómo fue crecer en un hogar de clase media en Buenos Aires donde el padre prohibió la televisión, analizando los efectos de esa ausencia en la infancia y la socialización.
En un departamento del barrio de Colegiales, en Buenos Aires, una niña creció en un hogar donde la televisión estaba expresamente prohibida por decisión paterna. Su padre consideraba al aparato una «caja boba» y argumentaba que propagaba rayos nocivos. En una época donde la voluntad del padre era ley, ni la madre, ni los dos hermanos mayores, ni ella misma discutieron esa norma.
Esta ausencia marcó su infancia, situándola en una posición de «outsider» frente a sus compañeros de escuela, quienes comentaban e imitaban a los personajes de series como «La Mujer Maravilla», «El Hombre Nuclear» o «El Increíble Hulk», o repetían diálogos de «Las Trillizas de Oro» y «El Zorro». Su primer contacto con esos universos fue indirecto, a través del recreo escolar y de pegadizos jingles publicitarios que escuchaba en el patio.
La situación se interrumpía los sábados por la tarde, durante las visitas a su abuela paterna en Parque Chacabuco. En esa casa chorizo, la abuela, a quien llamaban «Oma», tenía un televisor a color Hitachi. Allí, entre ellas se estableció un «pacto secreto»: la abuela encendía el aparato, aunque no le interesaba demasiado la programación, para asegurarse la compañía de su nieta, quien priorizaba mirar TV sobre las masitas de la confitería Steinhauser.
Otras oportunidades llegaban en las casas de amigas, donde el gesto de prender la televisión era algo natural y cotidiano. Fue así, en retazos, como pudo seguir programas de moda y eventos importantes que luego todo el mundo comentaba, como los partidos de Vilas y Clerc en la Copa Davis o los noticieros durante la guerra de Malvinas.
Con el tiempo, la autora reflexiona sobre esa experiencia. Entiende que, contra la opinión de su padre, la televisión desparramaba saberes y experiencias que se instalaban en la memoria y el imaginario social colectivo. La carencia, si bien tuvo un lado triste al sentirla como una exclusión, también fomentó la creación de universos propios, juegos imaginarios que luego revivió en algunos cuentos de su libro «Nunca podemos descansar del todo».
